Relato corto 2: Arquitectura rota.
- ARQUITECTURA ROTA -

La historia que voy a contar hoy es tan inverosímil que parece ficción. Y, sin embargo, ocurrió: créeme, ocurrió.

Pero apenas media hora después, el brazo derecho cambió de ánimo. Regresó hacia mí y trató de arrancarme el tronco. El miedo me paralizó. Incitó a las demás extremidades a hacer lo mismo. Recibí golpes y patadas por todas partes, sin entender de dónde venían ni cómo defenderme. Vi cómo mi tronco se alejaba a gran velocidad hacia la esquina de la habitación. Grité, pero mi voz se perdía entre el barullo. Desesperada, comencé a responder con violencia, golpeando a cada miembro. Apagué el equipo de sonido y, por fin, mi grito se escuchó en todo el bloque. Brazos y piernas se detuvieron de golpe, corrieron hacia mí sosteniendo el tronco y volvieron a encajarse.

Intentaba recuperar algo de mí misma paseando junto al río. Una mañana me incliné sobre el agua y vi mi reflejo. ¿Qué era aquello? Todo en mí estaba desordenado: piernas, brazos, tronco... nada estaba en su sitio. Lo comprendí: cada caída, cada comida mal digerida, cada respiración tóxica procedía de esa arquitectura rota de mi cuerpo.
Entonces llegó un golpe atroz. Dolió con intensidad, pero ya no me asustó. Todo se desmoronó de nuevo: brazos, piernas y tronco salieron despedidos. Esta vez, sin embargo, los recibí con tranquilidad. Y volvieron a mí como debían, ocupando el lugar correcto.


Era viernes por la noche, aunque no lo parecía. Se sentía como un lunes eterno, de esos que llegan tras dos semanas sin descanso y todavía exigen más de ti. Caí rendida sobre el colchón de algodón y látex, convencida de que dormir sería la solución.
Desperté sin despertador, todavía aplastada por el cansancio. Me levanté y, somnolienta, me acerqué al espejo. No reconocí la mirada que me devolvía. Entonces lo sentí: mi brazo derecho cobró vida propia. Tiró hacia afuera con una fuerza inmensa; yo no quería moverme, pero él insistía. Hasta que pudo más: se desprendió y desapareció por la puerta, como la cola de una lagartija que se separa del cuerpo. Antes de reaccionar, mis otras extremidades lo imitaron. Frente al espejo, solo quedaba mi cabeza anclada al tronco, incapaz de ver otra cosa que el mueble del baño.
Con pequeños saltos salí tras ellos.
Los encontré en el salón, bailando como si nada. Del miedo inicial pasé a la risa: ¡se veían tan libres, tan felices! ¿Cómo detener esa alegría? Pensé que lo mejor era unirme, dejar que la música me arrastrara y sonreír por seguir con vida.

Aquel sábado fue agotador. Pero lo más duro no fue la lucha, sino darme cuenta de que ya no me reconocía. Desde entonces, los sabores que amaba dejaron de gustarme, los olores de la naturaleza se volvieron insoportables, los colores se apagaron. Cada mañana despertaba en un mundo que no me pertenecía. Cada día pesaba más que el anterior. Las piedras que antes saltaba con ligereza ahora me hacían tropezar. No había tiempo de cerrar una herida cuando ya se abría otra, y cada hora dolía más.


Por fin respiraba paz. Sentir esa calma fue uno de los acontecimientos más memorables de mi vida.
- FIN -
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