Montenegro con mochila: Introducción y primera noche en Podgorica.
En esta ocasión viajo acompañada.
Mis viajes en solitario suelen convivir con la incertidumbre. En este caso, la incertidumbre es doble, porque no sé cómo vivirá mi acompañante ciertas etapas imprevisibles del viaje. Debido a ello, y a que la primera parte del recorrido transcurre por la zona montañosa del norte del país, donde las combinaciones de transporte público no son especialmente buenas, decidí planificar con detalle la primera semana y alquilar un coche durante los seis primeros días.
La intención era sencilla: aumentar nuestra sensación de libertad y reducir los kilómetros —y, sobre todo, las horas de carretera— para invertir ese tiempo en lo que realmente importa: disfrutar de la naturaleza con calma, sin vivir pendientes del reloj.
Volamos desde Barcelona con Wizz Air, una compañía húngara de bajo coste que aceptó sin problemas nuestras mochilas de senderismo de 50 litros como equipaje de cabina. No teníamos nada claro que cumplieran las medidas o el peso permitidos, así que fue un alivio comprobar que sí.
El primer inconveniente apareció incluso antes de aterrizar: la hora de llegada a Podgorica. Nuestro vuelo tocaba tierra a las 22:15 h, cuando los trenes y autobuses que conectan el aeropuerto con el centro de la ciudad ya habían finalizado su servicio.
La solución llegó de la mano de David, que descargó TeslagoApp —algo así como el Uber local— y reservó el taxi que nos recogería en el aeropuerto. El trayecto hasta el apartamento de nuestras dos primeras noches quedó cerrado por 12 euros. La tarifa habitual rondaba los 20, así que ahorramos ocho euros durante los primeros cinco minutos de viaje. Nos sentimos especialmente inteligentes durante un rato. 😅
Una vez dejamos el equipaje en el alojamiento, decidimos explorar la vida nocturna de la capital de Montenegro. Y fue todo un acierto.
No habían pasado ni dos minutos cuando empezamos a escuchar música en directo. Seguimos el sonido por unas escaleras que abandonaban el asfalto para adentrarse en el verdor de la ribera del río.
Bajo un puente, unos antiguos baños árabes reconvertidos en pub y varias guirnaldas de luces de colores suaves creaban un ambiente chill difícil de olvidar. Nos sentamos junto a uno de los guitarristas para disfrutar del concierto desde primera fila y pedimos dos cervezas, una de ellas con limón.
Se tomaron muy literalmente lo del limón. Lo que recibimos fueron dos botellines de cerveza y dos copas vacías, una de ellas acompañada por una solitaria rodaja del cítrico.
Frente a nosotros, una chica descalza descansaba semitumbada sobre un banco acolchado, con los pies apoyados sobre las rodillas de su compañero. Era una de esas escenas cotidianas que transmiten una sensación inmediata de tranquilidad.
Cuando terminó el concierto, nos despedimos de aquel rincón mágico y continuamos nuestra ruta nocturna.
Las calles más céntricas estaban inundadas de bares con carteles luminosos y buena música, en directo o enlatada según el local. Grupos de amigos compartían cócteles en las terrazas mientras puestos de comida abiertos a las doce y media de la noche seguían saciando el hambre de quienes aún no pensaban volver a casa.
Pero la música que más me impresionó aquella noche no fue la de los guitarristas ni la de los DJ.
Fue la de los grillos.
Jamás había escuchado un coro tan potente.
En pleno centro de la ciudad se imponían por momentos a los altavoces y a las conversaciones. Su concierto reaparecía una y otra vez mientras caminábamos de regreso al apartamento.
Y así, acompañados por aquel sonido inesperado, pudimos por fin dormir plácidamente.
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